martes, agosto 11, 2009

Seis años bien contados


Enrique Tejera París: Gobierno en mano, Memorias (1958-1963). Editorial Libros Marcados, Caracas, 2009.

 

La democracia venezolana se inició a principios de un año y con un movimiento cívico que nos ha servido para respirar políticamente hasta hoy. Movimiento de largo aliento iniciado históricamente en 1928, con aquella revuelta romántica de estudiantes universitarios, y que con ciertos escollos políticos, desembocó en aquel 23 de enero de 1958, cuando el último dictador venezolano huyó del país, con más pena que gloria.

A principios de ese año, tan importante en la lucha venezolana por la modernidad, se inicia el primer volumen de las memorias del ciudadano de bien Enrique Tejera París. “Ciudadano de bien”, en aquel sentido invocado por German Roscio en 1812 cuando la Primera República hacía aguas.

Tejera París, que no es hijo de sí mismo ni de su señora, tal como hijo y padre se defendieron ante las confusiones graciosas de sus coterráneos, revive pausadamente seis años intensos de nuestra vida moderna como país. Claro, desde su quehacer de hombre dedicado a los asuntos públicos y que lucha por dejar huellas decentes y crear bienestar y tranquilidad colectiva.

Con modestia, honestidad y fino humor, va relatando las pequeñas historias de la gran historia contemporánea venezolana. Porque no cabe duda de que esos primeros seis años de nuestra democracia serán recordados como el afincamiento de la venezolanidad. A esos años tenemos que regresar las generaciones más jóvenes para reimpulsarnos colectivamente, sin olvidar nuestra historia heroica, más cargada de mitos y de epifanía, que de la realidad vital de los seres humildes que han construido nuestro país.

Y si se trata de conocer cierta intimidad de los constructores iniciales de nuestra democracia, con todos sus defectos y errores, hay que leer a Tejera París. Firme en el reconocimiento de los logros y soluciones hechas realidad durante el gobierno de Rómulo Betancourt, el mejor presidente de la historia de Venezuela, según afirma, pero ojo visor de los grandes problemas que podía degenerar esos grandes momentos políticos del ser venezolano.

Tejera nos cuenta con detalles momentos decisivos de nuestra historia democrática. La lucha contra las conspiraciones violentas de derecha y de izquierda, la tarea de conquistar la riqueza petrolera para los venezolanos de mano del gran Pérez Alfonzo, su amigo y mentor. Los adelantos en materia de educación y salud, asuntos en los cuales no deja de reconocer los esfuerzos que se venían gestando desde López Contreras y Medina Angarita. La manera como se gestiona la política internacional del Gobierno, todo un ejemplo para los improvisados de hoy en día…

Mención aparte merece la preocupación de Tejera por la planificación en la Administración Pública. Ha sido su obsesión como funcionario y profesor durante su larga y ejemplar vida. En estas memorias, hay una introducción al arte de la planificación con ejemplos precisos y concretos de la realidad que le tocó vivir.

Y como si fuera poco, relata encuentros con personajes del siglo XX, tanto de Latinoamérica, Estados unidos, Europa y los países árabes. Su encuentro con el Ché Guevara, sus conversaciones y noticias inéditas sobre la personalidad de Salvador Allende y su vínculo con Rómulo Betancourt…

No deja de hacer referencia a la participación de personalidades venezolanas en la historia concreta de los años ´60. Uslar Pietri y sus veleidades anti OPEP, por ejemplo, sorprende un poco a un admirador ingenuo del amigo invisible. También nos cuenta la presencia de personajes mezquinos en la política venezolana, como en cualquier sociedad llena de luces y de sombras. Humaniza nuestra historia, sin duda, con esas pequeñas referencias a la miseria humana…

La lectura de las memorias de Tejera París, permite recuperar nuestra historia más reciente y despojarla de tanto denuesto generalizador y primitivo de los últimos tiempos. Es una lectura para reconciliar al venezolano con el nacimiento de la era de las libertades en Venezuela y con el pensamiento de los grandes hombres, civiles todos, que hicieron posible 40 años de progreso, a pesar de tantas falencias explotadas hasta la saciedad durante los últimos 10 años.

Tejera, con su índole amable y su generosidad de 92 años, nos invita a repensar esos seis años que marcaron nuestra historia para bien. Y nos cuenta también su vida, llena de modestia, inteligencia, paciencia y mucha tesón. Un ejemplo, un ciudadano de bien.

martes, marzo 11, 2008

Mientras camino


· Alberto Manguel hace un ejercicio narrativo desde la erudición. Toma un personaje gris y nos muestra sus partes lumínicas o al revés. O tal vez nos muestra lo hermoso y patético que puede ser un x, cualquiera, pues. Se trata de El amante extremadamente puntilloso. La mirada y las polémicas formas del deseo, hacen de esta corta novela una maravilla de las que vienen en frascos pequeños. La disfruté mucho, mientras descubría el placer de caminar en Sabana Grande y sin buhoneros, desde el jueves 06 hasta el sábado 08 de marzo. La semana pasada, nomás.
· Juan José Millás, se une al grupo de excelentes novelas que están apareciendo en español con un tema eterno, bíblico, mítico y psicológico, o todo a la vez. El tema del padre (hemos comentado La enfermedad y El olvido que seremos, vinculados por el tema). Esa relación tremenda que enfrentamos los padres y los hijos. Los hijos y los padres. Se trata de parte de sus memorias, según ha confesado este excelente escritor español, y mediante sus memorias, nos echa el cuento de la España que le tocó y le toca vivir. Una prosa exquisita, una reconstrucción del mirar de un niño, un humor negro y un sentido de la ironía a toda prueba. Esa es la novela, El mundo, que ganó el codiciado y opulento premio Planeta este año, el cual tuvo como finalista a un escritor venezolano, muy mediático él.
· Y ahora, disfruto de la cuidada pluma de Federico Vegas y su libro de ensayos La ciudad y el deseo. Para aprender a querer a una desquerida mujer, Caracas.
· Y todo, mientras recorría las maravillosas tasca-restaurantes que nos quedan en Chacaíto y subía al Ávila, para aprender a querer rodeado de flores, muchos verdes y neblina… Y conocer a un asturiano que se le da por rescatar a los solitarios en las tascas de Chacaíto. Ya les comentaré sobre ese encuentro con un empresario español, con todos los años en Venezuela, que descubre fácilmente a un musitador solitario, y lo invita a comer almejas en salsa verde en La Huerta, ahí, muy cerca…

sábado, febrero 23, 2008

El olvido que seremos


Esta semana que andaba tratando de recuperar espacios, físicos y emocionales, luego de meses metido en mi trabajo de asesor, me conseguí, en casa de mi suegra que es mi mejor amiga, con las primeras páginas de El olvido que seremos, y no descansé hasta que terminé de leer el testimonio tierno y detallado, verídico, de un hijo que pierde a su padre, un hermoso padre, en medio de su lucha (la del padre) en contra de lo primitivo que aún somos en la vida pública. Héctor Abad Facciolince recurre a su memoria y nos cuenta la relación tierna, encantadora, sensible, de gran finura humana, que sostuvo con su padre, asesinado por los fanáticos paramilitares que han asolado a Colombia con el apoyo de su (des)gobierno.

Da envidia el padre del creador de esa obra desconcertante para los esquemas literarios modernos que es Tratado de culinaria para mujeres tristes y de la gozosa Fragmentos de amor furtivo, que tanto disfruté en su momento, pero genera angustia y compasión por el dolor de quien perdió a su padre, un luchador por un mundo mejor, más saludable, menos desigual, con menos gente hambrienta y víctima de enfermedades que se pueden prevenir con solo contar con agua potable y una buena alimentación…

Y esa relación de amor filial contada por Abad, le permite a uno ir revisando su propia historia como hijo y como padre. Esa historia que marca a los seres humanos de manera decidida en la vida. Mientras leía recordaba a mi viejo y comencé a querer más a mis hijos. Esas personas que son las más cercanas que uno puede tener en la vida.

Abad aprovecha para elaborar su particular Yo acuso, que ya nos enseñó hace más de un siglo Émile Zola, pero al mismo tiempo nos invita a revisar nuestra propia historia filial y paternal.

Un testimonio narrado por un buen escritor, pero que vivió en carne propia el sufrimiento de perder su ser más querido, su padre, quien lo armó para la vida con la comprensión y el amor infinito. Su padre, la razón por la cual, Héctor Abad, escribe y seguirá escribiendo, para el regocijo e introyección de sus lectores.

Así me presento de nuevo ante mis visitantes, luego de 14 meses de silencio “bloguérico”.

Un abrazo.

viernes, diciembre 22, 2006

La belleza en la historia


Historia de la belleza, uno de los libros más hermosos que he tenido en mis manos, es una compilación de las ideas y las imágenes que los seres humanos nos hemos forjado alrededor de lo bello. Umberto Eco nos presenta cada período histórico y selecciones breves de los textos que hablan de esa armonía, de esa gracia, del deitas que estamos construyendo los seres humanos desde el principio de los tiempos.

Hojear y ojear este hermoso libro es encontrarse con el arte… No encuentro mejor acompañante para las bellas tardes barquisimetanas, que buena compañía, buen vino y la lectura y contemplación que permite Historia de la belleza

jueves, diciembre 21, 2006

Mojados en el Car Wash


Casi todos los personajes de los violentos cuentos de Salvador Fleján en Intriga en el Car Wash, son venezolanos mayameros, inmigrantes oscuros y sin esperanza. Personas que han visitado el inframundo y surgen sin visitarse, condenados casi todos. Cuentos bien estructurados, estuve a punto de decir, violentamente estructurados, debido a los cambios drásticos en el tiempo, en la mirada del narrador. Nuevamente me enfrento a la violencia coleada en la literatura.

Me parece que Óvnibus, Miss Nueva Esparta y Grandeliga, son los cuentos más logrados, mejor disparados, en los cuales da Fleján en el centro del tablero. Una narración drástica, muy de los tiempos que vivimos los venezolanos, y esos personajes que casi se nos olvidan por su pulsión trágica. Bien por Fleján, imagino que ha exorcizado demonios en cada uno de esos cuentos.

Recomendable mojarse aunque sea en el seco de las páginas de esta colección de cuentos que nos regala el amigo Salvador. Eso sí, todos los cuentos están narrados con exquisitez venezolana y excelente manejo del lenguaje y la forma literaria del arte de contar cuentos…

Una enfermedad violenta


Que dos temas universales sean tratados con buen estilo y humor (entre lo negro y sin drama) venezolano, es un éxito, sin duda. Y así es La enfermedad, de la cual hasta el mezquino Manuel Caballero escribió una nota entre elogiosa y egocéntrica, e hizo despertar al sagrado y particular Rulfo nuestro, Adriano González León, para aconsejar a Barrera Tyszka y advertirle que un premio no se recibe impunemente…

Pero nada, ya la novela anda de mano en mano, miles de lectores de Hispanoamérica y España andan metidos en los temas de un hijo sufriendo la enfermedad de su padre y un obsesivo hipocondríaco viviendo su propia enfermedad. Con su estilo frontal, muy directo y casi brutal, como me observó el gran Federico Vegas, Barrera nos inmiscuye en la relación paterno-filial, en medio del trance de la muerte (no permita que muera en silencio, le dice el padre); y en el poder de las letras en la comunicación humana representada por la secretaria del doctor Miranda (una venezolana x) y el enfermo imaginario.

Dos temas en yuxtaposición descritos con excelente técnica en el manejo del tiempo, la mirada del narrador y los movimientos de escena que atrapan y seducen, aunque de manera un poco violenta. Quizás nuestra violencia diaria se le coló al narrador. Aunque se agradece el cambio del tiempo cuando el hijo le echa el cuento al padre, después de un viaje, sobre la acechanza de la muerte: pasa del presente al pasado, y eso hace menos violenta la escena…

Me atrapó la novela y me siento orgulloso de compartir un cartón de identidad con nuestro Alberto Barrera…

lunes, noviembre 27, 2006

Historia... y muchas veces


“La literatura también es un buen basamento

para encontrar divertidas consecuencias

en lo repudiable, enseñanzas en lo innecesario,

sentido e ilación a escenas ridículas…” (p. 143)

Federico Vegas elabora y recrea de manera elegante, sutil y femenina (“¿Por qué la feminidad será tan centrífuga?”, p. 160), dos momentos trascendentes de su vida: la primera vez que decide ser escritor y lo derrota la realidad, y la segunda vez que triunfa, pero triunfan más sus lectores.

Es que Historia de una segunda vez es el testimonio, la confesión vital de un hombre inteligente, de uno de esos tíos sabios que uno quiere siempre tener a la mano. Una mirada lúcida, reflexiva, humilde y elegante de la tormentosa e intensa adolescencia vivida por un caraqueño sensible que tiene edad de merecer a principios de los ’70 del siglo pasado, capaz de armar frases inteligentísimas y de un cuidado en la observación, en la mirada, en la descripción… de una elegancia, en definitiva, muy femenina. Quizás su amor por las ciudades, por la arquitectura, hace que arme una narración de exquisita formalidad, sin descuidar la profundidad de un alma que se analiza constantemente, que se ve sin miedos, sin temores, pero con mucha humildad… y con fino humor. Y desde allí ve la ciudad y el mundo.

Uno lo sigue a través de su decisión irrevocable de ser escritor, de matar mundos para imponer el de su fantasía y sensibilidad, de esa manera intensa de amar a sus mujeres con toda la entrega posible, con toda la obsesión que lo llevan a un psiquiatra que decreta su locura… Una locura corriente y sublime a la vez, ingenua y perturbadora, que solo un psico II, armado de cultura helénica y amor por la humanidad lo entiende, lo encamina, lo deja ser… Hay una celebración por la buena psicoterapia, una alabanza por eso seres que se dedican a comprenderlo a uno en medio del dolor que significa ser humano, repito, lo que significa ser un ser humano, abierto al mundo…

Es un testimonio hermoso contado por un ser humano íntegro, que desnuda la belleza sin esconder bajo la alfombra la sombra, lo oscuro que lo habita, sin esconder la confesión de tener un jardín privado como diría es gran escritor que tanto recordé mientras leía Historia…, Manuel Vicent.

Y no sólo recordé al escritor de Vilavella, sino las novelas esas confesionales como La tía Julia y el escribidor, del maestro Vargas Llosa, sin la arrogancia de un recién salido de la adolescencia contando su experiencia, sino de un tipo calmo, que respira antes de anotar cada frase, consciente de que “Hay gestas que no esperan por sus protagonistas” (p. 117).

Es integral la historia biográfica del hombre que se ve atrapado por la realidad de su familia, ciudad y país, y se adapta a las exigencias sociales después de un sacudón emocional de una vocación imposible temporalmente, que evidentemente la vida o el azar, o dios o el diablo, lo empujan a vivir, a sentir, a crecer, para después contarnos esa enormidad de un cuarto de siglo marcados por dos veces, la segunda que es para celebrar como lectores: Falke… Una obra maestra que tuvo que esperar 25 años, de seguro valió la pena…

Hace pocas horas descubrí que también el tío Vegas había publicado un libro de cuentos llamado El borrador, que uno de esos cuentos los leyó en una noche de envidia en Chacao, pero como no sabía de esa publicación pregunté por ahí y nadie me respondió, pero hurgando en la red supe que también hay otra novela sin leer: Prima lejana… Ya me acercaré a esas obras.

Agradecido como lector, me duermo…

lunes, noviembre 20, 2006

Los muchos libros de los nuestros...


Tengo la sensación grata de un lector desbordado por los textos que siempre quise que me desbordaran: los de los escritores venezolanos. Antenoche comencé a leer Historia de una segunda vez del autor de esa enorme novela llamada Falke, que merece el próximo premio Rómulo Gallegos o dejo de leer a los premiados...

Decía que comencé a leer Historia de una segunda vez y me atrapó tanto que amanecí leyendo un domingo en la mañana con ganas de que no se acabara, como ocurre con esas lecturas intimistas, reveladoras, que acontecen tan cerca de uno… Vegas tiene el don de la palabra, de esa exquisita forma de narrar que a uno le provoca decir, ¡coño!, por qué tardó tanto en publicar. Ya espero con ansiedad El borrador, que según he leído, es una colección de excelentes cuentos, ¿ya lo publicaron?... Sólo me detuvo la segunda temporada de 24, que vi con demencia de un solo golpe...

Y voy a la mitad de Breviario galante, de Roberto Echeto, y quiero decir algo sobre Los imposibles de Leonardo Padrón, mientras he abandonado ya casi al final País de plomo, de la excelente periodista colombiana Juanita León, y ya casi tiro al olvido Abril rojo, y me espera el Miranda de Juan Carlos Chirinos, El horizonte encendido de Rafael Osío, Lluvia de Victoria De Estéfano, Luisa y Cristóbal de Tarre Briceño… Y me siento desbordado por quienes comparten mi cédula de identidad y eso que no llega La enfermedad de nuestro Barrera Tyszka…

Pero mientras tanto, he decidido leer esta noche dos cuentos de la excelente colección De la urbe para el orbe (Alfadil, 2006), de nuestros escritores jóvenes… Comencé con Un ángel y un demonio de Enza García y seguí con Amalia de Jorge Gómez Jiménez, sorprendiéndome con la genialidad con que Enza nos muestra el rompe de parámetros morales, nos reconcilia con lo que en occidente tanto se ensombrece al influjo de principios cristianos y nos cuenta con lucidez enceguecedora una intrincada historia de amor… Y Jorge, con un lujo formal nos echa el cuento de un pedo inoportuno, de manera desvergonzada y gozosa… Me iré a dormir feliz, pero antes leeré otro texto galante del cercano Roberto Echeto, mientras me tomo un whisky…