sábado, octubre 07, 2006

Toparse con el arte

Sorprenderse, abismarse, frente a una obra artística, llámese Don Quijote de la Mancha, La calle de Balthus, Tosca de Puccine o El danzón venezolano, es encontrarse con la parte más hermosa que todos los seres humanos llevamos por dentro, sin ninguna otra distinción más que el grado de sensibilidad.

Descubrir a alguien leyendo, en cualquier lado, un libro que uno leyó y disfrutó, o que uno piensa leer, es uno de los hechos que conjura la soledad que irremediablemente padecemos los seres humanos. Sentir que a otro semejante lo conmueve un verso de Ramón Palomares que uno no ha podido sacar de su memoria, es predicar el reconocimiento de su humanidad en el otro, es practicar, sin beaterías, el amor al prójimo.

Recuerdo la desesperación que me dio por leer La Ilíada, cuando mi profesor de literatura de cuarto año de bachillerato, Juan Ramón Suárez, nos leyó con pasión el primer capítulo. Desde entonces la literatura salva mis semanas de angustias laborales y de angustias políticas; porque la única manera como se conjura, parafraseando a T.S. Eliot, el peso de tanta realidad, de tanta miseria, de tanta ausencia, es con el acercamiento a lo estético, en cualquiera de sus manifestaciones, llámese Alexandro Baricco, Marguerette Yourcenar, Louis Armstrong, Modigliani o Luis Zea.

Sin duda, tiene razón el profesor Víctor Bravo cuando anuncia que la única utopía que le queda al hombre es la estética, que lo único que lo puede salvar en su vida individual y como ser co-existencial, es el despertar de su sensibilidad, de su capacidad para transformar la realidad en obras artísticas y transmutar en palabras, colores, formas y sonidos, los desencuentros con el mundo. O, en fin, su capacidad de contemplación.

Quien se acerca oportunamente al arte, quien tiene la gracia de toparse en la vida con un ser humano que haya vivido la experiencia de ser tocado por lo deífico, es un afortunado. Quien se estremezca con el mundo de las intuiciones primarias, y se deje poseer por las bellezas que los humanos han sido capaces de construir, está a salvo. Su sensibilidad irá creciendo poco a poco, y fabricará las oportunidades que desee, incluso si decide ser un desarraigado, un rebelde sin causa, le encontrará a su vida un sentido. Será capaz de matar la realidad y fabricar sus propios mundos. Quien no cuente con esas oportunidades, quien no se tope en la vida con el arte, tendrá menos opciones, incluso, para morir con dignidad.

Y digo todo lo que llevo dicho, porque frente al descalabro que estamos viviendo en el mundo, frente a las matanzas en nombre de la libertad y en nombre de los dioses; frente a la grosera e insoportable realidad política que padecemos los venezolanos, donde los insultos van y vienen, de acera a acera, no hay otra opción para no morirse de la angustia, que refugiarse en los buenos libros, en la buena música, sin renunciar al reclamo, a la exigencia de un gobierno decente; es decir, a contar en los cargos públicos con personas sensibles, en lo social y en lo estético. También la democracia es una obra artística que construimos o destruimos entre todos.

A los venezolanos nos urge toparnos con el arte. Nos urge salir a la calle, abrir el periódico, encender la televisión, y encontrarnos con una manifestación de lo hermoso que llevamos por dentro, de lo sublime que nos acecha, de un verso, de un sonido, de una cara que nos guiñe un ojo de sana complicidad.

1 comentarios:

un tordo dijo...

jairo
no sé si esté de acuerdo contigo en cuanto a lo salvador que pueda resultar entrar en las umbrías que el arte convoca. para mí se trata más bien la dudosa fortuna de mirar con los ojos abiertos todo lo que nos atañe y entraña, es saber sobre las ganancias y las pérdidas, es toparse con lo humano.
saludos.
E.

pps. sí es una fortuna definitivamente...