Desde el martes 26 hasta el sábado 30 de enero de este año, hubo protestas al lado de mi domicilio. Unos muchachos se reunieron en el cruce de la avenida Venezuela con la avenida Los Leones, y comenzaron a exhibir pancartas con el eslogan exitoso “Tas ponchao” y a gritar que eran estudiantes y que pedían libertad. Los vecinos aplaudían y tocaban las cacerolas, mientras se armaban sendas trancas de vehículos en pleno atardecer.
No, no estoy de acuerdo con esta forma de protestar. Trancar una vía pública debería ser una de las últimas formas de protesta. Me gustan las protestas inteligentes, desafiantes de los lugares comunes, esas que llegan por una lado cuando todos las esperan de frente… Como la protagonizada por los chamos en los juegos de béisbol…
Pero debe dejar anotado aquí, una escena parecida a una persecución de las películas cómicas de antaño. El jueves o el viernes, cuando ya había violencia en medio de las protestas (cauchos quemados, improperios y represión de las Guardia Nacional), desde mi ventana vi a un muchacho que corría despavorido por una vía interna de la urbanización Fundalara II, perseguido por cuatro guardias motorizados. El muchacho saltó la verja de una de las casas y los guardias se pararon frente a ellas con sus pistolas en ristre. Otros zagaletones se pararon en la esquina de la calle y le lanzaron cohetes de fuegos artificiales. Uno de esos cohetes por poco alcanza la cabeza de uno de los gendarmes públicos. El muchacho perseguido trató de esconderse dentro de la casa, pero todo estaba cerrado. Los dueños de la casa ya estaban durmiendo o viendo televisión.
Dos gendarmes saltaron la verja de la casa y violaron el domicilio de estos vecinos, quienes salieron, trataron de calmar a las partes, abrieron la puerta y el muchacho fue arrestado. Creo que lo liberaron al día siguiente y la prensa no informó qué fue lo hizo este estudiante para merecer tan enérgica y violenta persecución.
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